
Kelly McIntyre, quie es una professional canadiense de la consejería y experta en motivación, cuenta su experiencia vivida en Santo Domingo, específicamente en lo que tiene que ver con el sistema de transporte.
Su relato es el siguiente:
Nunca había visto un vehículo desplazarse en vía contraria a la velocidad de 80 kilómetros por horas durante un entaponamiento. Estaba histérica y preocupada porque nadie más sufriera lo que me ocurría. Estaba casi al borde de la muerte. Muchos rieron cuando les dije que algo así no ocurre en Canadá.
Me tomó un tiempo poder seguir abordando vehículo en República Dominicana. Era impresionante ver como los motoristas hacían piruetas en la calle. Aunque todavía no he visto un accidente.
Los dominicanos son amantes de la bocina. Ellos han desarrollo un nuevo método de comunicarse dependiendo de la potencia del claxón. Tu puedes determinar si alguien simplemente te está pidiendo que te muevas o si está bien enojado. Simplemente sonrío al ver que en los semáforos ellos simplemente dan rienda suelta a sus bocinas mientras se acercan a las intercesiones y como si nada sigan su marcha. En la mayoría de las avenidas no hay indicaciones sobre velocidad. En las carreteras, los conductores sólo se detienen para evadir los agujeros. Algunos maldiciendo por el daño que sufren sus vehículos.
Viví la experiencia de abordar la parte trasera de una motocicleta, conocida como motoconcho, mientras me dirigía a la falda de una montaña con un conductor sin casco protector. Vi escenas tales como una madre montada en un motor mientras sostenía a su hijo en los brazos. El valor del pasaje es de quince pesos, dependiendo de la distancia.
Otra de mis experiencias fue montarme en un carro del transporte público, con cuatro pasajeros detrás y dos delante. Siempre me tocó uno con asientos destartalado. Había pasajeros que sin pedir disculpas tocaban mis piernas tratando de encontrar el manubrio.
Para estar seguro, aborde solo los vehículos que están rotulados con el color amarillo. Nunca aborde un carro común y corriente en la noche y si usted no ve a otras personas dentro. El transporte en estos vehículos cuesta entre doce y quince pesos.
La gente, también, aborda las guaguas cuyo precio es el mismo. Por sólo RD$30 viajé en un minibús con aire acondicionado. Alternadamente, me tocó asiento con un hombre gordo que llevaba dos gallinas vivas en un vehículo lleno de hoyos y sin puertas. El costo fue de quince pesos.
Pensé varias veces en haber rentado un vehículo. Me perdí de la libertad que brinda manejar aún cuando el taxi resulta ser más barato.
Sin embargo, aún cuando lo hubiera hecho, extrañaría, entonces, no haber disfrutado de las conversaciones en español con personas tan amables que conocí en mi viaje. Extrañaría el ruido del merengue que retumba en los autos, mi historia divertida y, además, el sentimiento de triunfo por haber salido ilesa de esta ciudad.
Fuente: http://www.gogirlfriend.com/reviews/volunteering-dominican-republic-part-3-12100
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